Artículos de lugares abandonados, de mentes macabras, de libros perseguidos, de catástrofes, de leyendas; son un condimento perfecto para crear un exquisito plato que alimente nuestro miedo pero hoy os traigo un pequeño tentempié para que haga las delicias de los adictos al clásico terror envuelto en relatos de antaño y de hoy mezclados en lo que puede ser un momento delicioso, disfrutad de ello, si es que podéis.
Bon apetite.

¿quieres jugar conmigo?

La pequeña Claudia, una traviesa niña de apenas 5 años, acababa de meterse en la cama esperando a que sus padres le arropasen y le dieran las buenas noches. Eduardo y su mujer se encontraban en su habitación cuando se dirigieron al cuarto de la pequeña para taparla y apagar la luz. Regresaron ambos a su cuarto mientras escuchaban suaves carcajadas de la niña a lo que su madre respondió con un contundente “duérmete ya”. Una vez en la cama, Eduardo se dio cuenta de que no había cerrado la puerta pero su cansancio y el sueño que arrastraba de todo el día pudieron más que el hecho de levantarse a cerrarla. Susana, se metió bajo las sábanas sabiendo que le tocaría volver a levantarse pues no paraba de escuchar a la pequeña reírse y caminar por la habitación, ya no eran horas para estar jugando.

En un breve intervalo de tiempo en que Eduardo y su mujer cerraron los ojos aún a pesar de las travesuras de la pequeña en la habitación contigua, escucharon pasos dentro de su propio dormitorio por lo que Susana abrió los ojos y miró alrededor, no había nadie. Su marido también ojeó la habitación cuando observó unos pequeños piececitos sobresalir por debajo de la cortina, éste, ante el cansancio que tenía le pidió a Susana que se hiciera cargo de Claudia y la llevase de nuevo a la cama. Susana se levantó y se dirigió a la cortina:

–  ¿Dónde decías que estaba?
–  Ahí, donde estas tu ahora.
–  No, aquí no hay nadie.
–  Pues ves a su habitación y dile que no se levante más.

La madre se dirigió a donde se encontraba la pequeña preparada para regañarle pero en vez de verla juguetear por la habitación observó como la niña se encontraba metida en la cama y durmiendo, “no te hagas la dormida, que se que estás despierta Claudia, deja de jugar y duérmete ya de una vez pero de verdad”, la pequeña no contestaba. Susana regresó a la habitación cuando comenzó a escuchar pequeños pasitos detrás de ella, su paciencia comenzó a desaparecer y se giró de repente dispuesta a coger a su hija en brazos y llevarla a la cama acompañado de una contundente regañina, pero en cambio no vio nada, no había nadie. Volvió a asomarse a la habitación de la pequeña y contemplo desde la puerta como la niña seguía en la cama y arropada como antes. Se giró y se fue de nuevo a su cuarto donde Eduardo le esperaba ya dormido. Cerró la puerta, se metió en la cama y se tapó dispuesta a descansar.

Pasados unos escasos 2 minutos, la mujer notó una gélida mano que le apartaba el pelo del cuello y un leve susurro se hacía cada vez más y más próximo a su rostro. En ese momento, sintió como alguien le mordía la mandíbula y asustada dio un salto de la cama y gritó a su marido:

–  ¡Eduardo!, ¿se puede saber que haces?, ¡me has hecho daño, estate quieto!

Pero al girarse lo único que vio fue a Eduardo dado la vuelta y roncando.  Susana asustada y confundida volvió a meterse en la cama pero en el mismo instante en que iba a hacerlo observó unos pequeños piececitos salir de la cortina, miró la puerta, estaba cerrada, desvió de nuevo su mirada a la cortina, y allí estaban esos piececitos, un par de veces más repitió el ritual, miró la puerta y después la cortina, ¿cómo era posible?, no había escuchado abrir la puerta y mucho menos cerrarla, – ¿quieres jugar conmigo?-, escuchó Susana en la habitación contigua:

–  Esto ya es el colmo, ¡CLAUDIA A DORMIR!, Eduardo, despierta, ven, vamos a hablar con la niña porque a mí no me hac…

En lo que estaba hablando a su marido mientras éste se despertaba, Susana se calló y se quedó petrificada, ¿había escuchado bien?, ¿esa pregunta venía de la otra habitación?, ¿no se suponía que estaba tras la cortina? ¿y esos pequeños pies descalzos?.

–  Claudia hija, ¿estás en tu habitación?, ¿Dónde estás?

No obtuvo respuesta, cuando giró la cabeza hacia la cortina observó como la imagen de unos pequeños pies descalzos se había convertido en unos pies acompañados de unas pequeñas manos apoyadas en el suelo, alguien estaba agachado tras la cortina. Eduardo ya estaba sentado sobre la cama, contemplado horrorizado la misma imagen que estaba viendo su esposa, lo que fuera que hubiese tras la cortina estaba comenzando a desplazarse hacia donde él se encontraba sentado. El silencio era tan penetrante que incluso la respiración de ambos parecía un estruendoso ruido en aquella habitación. De repente escucharon un grito en el cuarto de la pequeña, Susana salió corriendo de su habitación para comprobar que sucedía, ésta le gritó a su marido para que le acompañara pero Eduardo se encontraba petrificado, inmóvil ante el terror que le provocada lo que allí estaba sucediendo, aquello de detrás de la cortina continuaba moviéndose hacia él, ya sólo quedaban apenas unos pocos centímetros para que esa pequeña mano tocase los pies de Eduardo cuando un segundo grito esta vez más estremecedor salió de nuevo de la habitación de la pequeña, dicho grito consiguió sacar al padre de su catatónico estado y justo en el momento en que la pequeña mano se movió hacia el pie de Eduardo para agarrarlo, éste levantó y salió corriendo, ambos entraron en la habitación de su hija, sus latidos podían oírse retumbar entre las 4 paredes de la misma, encendieron la luz y vieron como la pequeña Claudia, ajena a todo lo que allí estaba sucediendo, se encontraba con los ojos cerrados y arropada tal y como estaba antes de todo lo ocurrido, Susana se acercó a la cama y observó como la pequeña dormía plácidamente, la destapó y al hacerlo recordó que llevaba puestos los calcetines rojos que días atrás le había comprado. Volvió a taparla y desde la cama de la pequeña preguntó a su marido que se encontraba en la puerta, si era capaz de vez las cortinas de su dormitorio, éste negó con la cabeza, la habitación se encontraba en un ángulo desde el cual no podía verse nada más que un trozo de cama.

Susana desesperada salió de la habitación y se abrazó a su marido mientras ambos cerraban la puerta del cuarto de la pequeña y apagaban su luz. De repente tras ellos escucharon de nuevo la pregunta que minutos antes se había producido:

–  ¿quieres jugar conmigo?

El matrimonio colmado por un ataque de pánico salió corriendo a su habitación y cerró la puerta. Ambos se sentaron sobre la cama sin perder de vista el pomo de la misma mientras Eduardo en un heroico acto por asegurarse de que allí no había nadie desvió su mirada hacia la cortina y observó como ya no había ningún pie ni ninguna mano desplazándose tras ella, los minutos se hicieron interminables, eternos y tras unos inagotables 5 minutos decidieron tumbarse en la cama al ver que el silencio había vuelto a apoderarse de la casa y la extraña compañía había desaparecido. Una vez dentro y tapados hasta las cejas, les fue imposible quedarse dormidos, cuando por fin Susana consiguió dejar paso al sueño y al cansancio Eduardo tomó nota y comenzó a hacer lo mismo. Ambos se abrazaron y entre los temblores producto de las secuelas que el pánico había causado en ellos, cerraron los ojos. Cuando de repente notaron como unas afiladas uñas acompañadas de unos gélidos dedos se clavaban en los tobillos de Susana tirando de ella hacia el final de la cama; ambos gritaron pues Eduardo observó como el mismo bulto que minutos antes había estado en la cortina ahora estaba allí, en la cama, con ellos. Se incorporó y vio como los mismos pies de antes ahora sobresalían por debajo de las sábanas, de forma inmediata y antes de que el pánico paralizase sus cuerpos, ambos tiraron la sábana al suelo y la imagen que allí contemplaron, sobre el colchón, arrastrándose hacía ellos, fue tan estremecedora que de poco ya les serviría huir… continuará.

M. Rubar

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